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CRÓNICA. El Museo del Arte que no entiendo

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El despoblamiento urbano de los extremos laterales de la carretera era el indicio perfecto de que el lugar asignado estaba cerca. Éramos seis, uno sobre otro, intentábamos sobrellevar  lo abrupto del asfalto sin cruzar miradas ni intercambiar sonrisas. Mi rostro, deformado contra la media luna de cristal, tenía los ojos en el horizonte de mi memoria infantil.  Relacioné nuestro destino con aquel silencioso recinto, bullicioso después de nuestra llegada, que el colegio consideró visitar por cumplir con la programación escolar: El Museo de Sitio de Chan Chan. Entonces, por inercia, pensé ver cosas antiquísimas, personas de plástico acosándome,  piedras aplanadas y mucho, mucho barro. La flacidez de la llanta del auto rompió la ilación de mis memorias con el ascenso y descenso brusco de mis pechos provocado  por una piedra de tamaño irregular. Ésta vez sí reímos y a carcajadas.

Es aquí. Fuimos los últimos en llegar y no solo por el número de orden del arribo de nuestro taxi, sino porque  el impulso del “arte moderno” no era Nacional, sino Privada. Me retracto. En ese aspecto no fuimos los últimos, simplemente, no llegamos. Me calmo. La cola de un perro sin pelo, feo y caliente me hipnotiza.  Su sonrisa amorfa se burla de mi indignación, sin embargo, me calmo. De reojo lo observo, aún se ríe de mí. Mientras nos organizamos junto a nuestro guía curricular, diviso entre el espacio que dejan dos vigilantes sobre la puerta de doble hoja, una extensa cortina de vegetación artificial. Hay florecillas, hojas secas regadas en el camino de piedras incrustadas. Mi posición diagonal izquierda no me permitía ver más que aquello. Eso es arte desde el génesis, me burlé. Ingresamos como en el colegio, abrumados y ansiosos.

Mientras esperamos a la  asimilación de nuestra llegada, y por ende a la organización de nuestro itinerario, nos obsequiaron en escala de papel lo que nuestros ojos verían unos minutos después. Lo hojeé sin interés porque mi lente fotográfico se dejaba seducir por el arte tridimensional que se posaba sobre el pasto, justo a mi costado. El primero grupo entró.  Inmortalicé con entusiasmo, desde todos los ángulos habidos y por haber, al pájaro enorme con plumas de madera. Mis compañeros, extasiados, decidieron posar tocando sin morbo (no me consta) a la figura irreal de la mujer de curvas infinitas.

Un aviso manoseado por la boca de los que aún no habíamos ingresado al recinto “artístico” nos alertó que era nuestro turno. Ingresamos por el estrecho pasadizo de paredes blancas. Fui la última de la fila. Mi atención se desvió del grupo porque  las formas de un hombre con cabeza de toro y la virilidad expuesta produjeron en mí la sensación de que las manos de mi padre  estaban tan lejos de prohibirme lo que lo malo del mundo ponía ante mis ojos. Él no hubiese podido explicarme porque aquella figura está desnuda y su miembro finaliza en punta y ni por qué tiene bajo el vientre una hernia que a mis veinte años veo como un testículo. No, no podría. Piso tierra, dejo a mi padre y voy detrás de ellos. El hombre guía, con las mejillas ruborizadas y el dejo andino empieza su exposición.

La primera escena: hombrecillos negros por el material de su esencia llevan una papa de dimensiones hiperbólicas. Entiendo el mensaje con cierta excitación: por primera vez el hombre peruano lleva sobre sus hombres la verdadera razón de la ausencia de su hambre y por ende, de su existencia. Tomo nota de lo que el guía dice, casi mecánicamente, sin prestar atención. Aún sigo pensando en el hombre con cabeza de toro y  virilidad expuesta. Veo mi letra sobre el papel y no la entiendo. No importa, todo quedará en mi memoria, me consuelo.

Los flashes de mi cámara y las ajenas ponen nervioso a nuestro guía.  Por aquí, por favor; nos manifiesta con un ademán tan cortés que fui la primera en pasar. La siguiente habitación tenía sobre sus paredes trazos multicolores con un significado que no entendí. Me desconcertó el arte moderno: un cuerpo sin tronco que unía sin miedo a las extremidades superiores e inferiores de un ser humano que sólo existía en la mente de Gerardo Chávez. Los ojos no tenían rostro, y mis ojos no tenían punto de orientación. Fingiré que me sorprende¸ pensó mi ignorancia sabia. Ni en el colegio ni en la universidad me enseñaron a apreciar el arte de ningún tiempo, mucho menos el moderno. Los recintos posteriores fueron iguales. Lienzos gigantes de Chávez, con escenas quiméricas inspiradas en episodios de su admiración. Algo, entre la monotonía de mi apreciación artística, resalta en mi atención después del hombre con cabeza de toro y virilidad expuesta: la expresión de una perra callejera dispuesta a atacar para defender a sus crías que aún no nacían. Sus extremidades terminaban en la articulación en donde deberían estar sus patas, sus dientes alienígenos mostraban el miedo de quien se siente en peligro y sus ojos se clavaron el los míos como una señal de advertencia. Me acordé del último perro que tuve a mi lado y reviví la dolorosa razón por la que había decidido no tener uno jamás: a mi lado, ellos se morían. Aquella premonición, la perra la había advertido.

Aún me miraba cuando pasé a la siguiente habitación. La olvidé por un momento para dejarme sorprender (artificialmente) por la forma bidimensional de lo que para mí parecían monos. Estaban unidos por articulaciones de cartón. Mientras mi atención descendía desde la distancia del primer hasta el último mono; la cara de cuatro ovejas, dos negras y dos blancas, me sorprendieron porque de ovinos no tenían nada más que mi percepción: eran seres humanos, desde otra perspectiva, más artística que la mía, claro está. Cuatro gatos seguían al guía. Quienes lo hacían, lo hicieron  por la culposa sensación que les causaría su frustración al  no terminar su sueño de guiar a cultos universitarios, y de la Nacional. El grupo que empezó unido se desunió porque, al igual que yo, no entendía la belleza del “arte moderno”.

El trayecto era curvo. Entré pensando en el hombre con cabeza de toro y virilidad expuesta y salí para tocarlo. Medía tres metros. No alcancé su cabeza de toro, y me concentré en su virilidad expuesta. Lo toqué, sentí la prominencia de su hernia, la postura de su estructura vertebral, la deformación de sus dedos de cerdo y los cuernos de una infidelidad de piedra. Lo inmortalicé en mi lente y en mis manos.

Aquella reliquia era pues, para mí, El Guardián del Museo del Arte Moderno y de mis fantasías.

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Esta entrada fue publicada en 27 febrero, 2015 por en TRUJILLO y etiquetada con , , , , .
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